por Harold Salazar1

Anna Jael Esser, "Der Schirm des Lehrers"

El día que el maestro Arcélimo Vélez se perdió, ninguno de nosotros sospechaba que esto hubiera sucedido. Era un viernes de lluvia insistente y todos al morir la tarde, pensábamos tan solo en acaparar (an sich reißen, hamstern) las trochas, para llegar a nuestros hogares a disfrutar de juegos infantiles y tazas con bebidas calientes.
El maestro Arcélimo se despidió como siempre, con su gesto suave de hombre mayor, y abrió su paraguas desparramado para enfrentar las briosas gotas de agua y la brisa fría, sin saber que también se enfrentaba a su destino.

“Buenas noches mamá” – Recuerdo que le dije a mi madre aquella noche. Después dormí. Pero fue como si no hubiera dormido nada, pues con similar gesto, así como me conjuró antes de acostarme el “Dios te guarde”, me despertó al amanecer diciendo: “Llama Doña Katia, la esposa del maestro Arcélimo, que si tú sabes algo de él, que si le compraste el diario, pues desde ayer no ha regresado a casa” – “No sé nada mamá, además dile a la señora que los sábados no le llevo el periódico al profe”.

El lunes siguiente al reiniciar las clases, después de un friolento fin de semana trasegado por la incontenible lluvia, nos dimos cuenta que el maestro Arcélimo seguía envolatado. “Volverá” – Decían unos. “Estará de viaje” – Chismorroteaban otros. “Se habrá perdido buscando bichos” – Comentó Bermudez. Y es que al maestro le encantaban las serpientes y los sapos y todo animal que se arrastra o brincara por el suelo. Los buscaba en el monte y si los encontraba muertos, los echaba en una solución preparada con formol en frascos de vidrio que exponía con orgullo en el salón de clases, y los cuáles mirábamos todos con fascinación.

Ese mismo día la búsqueda se prolongó hasta las seis de la tarde, y al día siguiente se sumó a ésta el batallón de alta montaña con jurisdicción en la zona. Los soldados armados con detectores de metal, esperanzados en hacer contacto con las platinas de los antebrazos del maestro Arcélimo, barrieron hora a hora, centímetro a centímetro casi el bosque entero. Gracias a esta tarea, los uniformados desentrañaron enormes cantidades de aretes incompletos de mujeres amantes, que se escudaban en el vientre del bosque para cometer sus pecados desde tiempos inmemorables, más de seiscientos mil tapas de cerveza y otros objetos metálicos de poco valor.

Pasado un mes el profesor aún no había aparecido. Doña Maruja, la bibliotecaria del pueblo se encargó de nuestras clases, pero más que impartirnos conocimiento, se dedicó a leernos cuentos que nos hacían soñar con el regreso del extraviado, donde el lobo de caperucita se convertía en el maestro Arcélimo y a cambio de engañarla, le enseñaba el mejor camino para llegar donde la abuela, o aconsejaba al patito feo para que no se sintiera mal y con sus palabras acrecentaba su autoestima y lo adoctrinaba sobre cómo sobrevivir en el invierno.

El tiempo siguió corriendo y a pesar de que jamás vino el olvido, un poco sí la resignación. En Noviembre visitó al pueblo Almary. Una adivina que anunció a todos que unos restos humanos acompañados de un paraguas se le habían presentado en una visión, y según sus cálculos, se encontraban en lo alto de la colina más ancha del bosque. Al instante el grueso de la población se armó de todo tipo de herramientas, y de mañana, salió hombro a hombro a matar la incertidumbre.

Mientras la nueva misión de búsqueda se realizaba, nosotros en la escuela hacíamos un homenaje al hombre que reprendía con cariño, al viejo que nos enseñó a leer jugando a perseguir a quién tuviera pegada en la espalda una hoja de papel con la sílaba o la palabra indicada. El mismo Arcélimo Vélez que nos hacía una gran fiesta al terminar el año, con piñata, rifas, sorpresas y hora loca. El mismo que era maestro, pero era de todo, sicólogo, padre, inventor.

En efecto, los pronósticos de Almary llevaron a los improvisados rescatistas, a encontrar un esqueleto que sostenía en su mano un paraguas averiado por la humedad y el paso del tiempo. Los informes forenses eran claros: “Mujer de 35 años, con restos fetales en su pelvis. Asesinada por tiro de gracia”. No era el maestro, era la osamenta de la esposa perdida de Don Judas el carnicero, quién misteriosamente anunció años atrás que su esposa lo había abandonado, y al poco tiempo, se trajo de la capital a una joven para que le hiciera los oficios domésticos y viviera con él.

Pasado un año mientras jugábamos en el patio de recreo de la escuela, vimos bajar un paraguas volando al capricho del viento. Venía suavemente, se hacía más visible al bajar, hasta que empujado por la brisa se varó en el césped. Nos acercamos. Era el paraguas del maestro Arcélimo. Comprendimos entonces el presagio, nos dimos cuenta que el maestro nunca sería encontrado, pero que nunca se había perdido porque viviría por siempre en nuestros corazones.

1 Harold Salazar es maestro y trabaja en el colegio El Saladito, a dónde Schule fürs Leben manda regularmente voluntarios weltwärts.
Harald Salazar escribe apasionadamente y ya ha publicado un libro con once de sus cuentos.
Los proyectos de video, que inicia regularmente para desarollar una comunicación respetuosa en la escuela, ya fueron presentados en la television columbiana, en la prensa y en varias instituciones educativas.

Foto: Anna Jael Esser